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Orinoco 10, caño Dagua, Casuarito y hacia el raudal


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 9, Alto del Tigre e Isla Santa Elena.

Esta ves si me levanté muy temprano pues nos esperaba una jornada muy larga. Salimos del puerto de Isla Magdalena y lo siguiente es lo que se ve al salir de él.


Rocas al frente del puerto de isla Magdalena, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Todo el camino nos acompañó un sol inclemente.

— Este también es parte de mi poder, siéntelo, vívelo — me decía el río Orinoco con su voz de arena.

Y llegamos a la desembocadura del caño Dagua, puesto que en las salidas de los ríos se acostumbran a hacer las toninas, los famosos delfines rosados del amazonas. ¿Un momento, si estamos en el Orinoco que hace fauna del Amazonas aquí?

— Todos los ríos somos uno, pero el Amazonas y yo somos hermanos, estamos unidos por un lazo — decía el Orinoco con voz de agua profunda.

Fue muy difícil sacarles una fotografía, apenas sacaban un poco la cabeza y se hundían tímidamente. Tengo como cien fotos de agua tomadas en caño Dagua y ninguna en la que se vea bien un delfín. Lamento decirte que no puedo mostrarte una foto en este capítulo, pero más adelante tendría otra oportunidad, pero no te diré, aún, si lo logré.

Y llegamos a Casuarito. Esta es una población que está frente a Puerto Ayacucho, la capital de estado Amazonas de Venezuela. Por ello Casuarito creció a su sombra como puerto de enlace. Pero actualmente el pueblo está muriendo bajo el abrazador sol, no hay actividad, no hay tiendas abiertas, casi no hay personas, sólo falta que pasen las plantas rodadoras, esas del las películas del oeste. Sólo su puerto tenía algunas canoas pero muy poca actividad.


Canoas en el río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Seguimos remontando el río Orinoco en dirección al Raudal de Atures.


Otra ribera del río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Le pregunté a nuestro piloto como hacían para navegar en el río y me dijo.

— Se puede leer el río, hay valles, remolinos, mesetas. Toda turbulencia tiene su lectura — me decía sonriendo, pero al mismo tiempo serio — un palo puede romper el casco, en cambio las playas no — siguió — cuando hay palos hundidos se puede ver las dos estelas que se parten a lado y lado. Es conocer el río para saber leerlo — concluyó.


El río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Cuando me contó eso comencé a prestarle más atención a la superficie del río, y si, se ven irregularidades, el río no es absolutamente plano, pero de ahí a saber que significaban estas turbulencias pues hay muchos años de experiencia.

— Si no me puedes leer entonces ¡siénteme! — decía el Orinoco.


Rocas a la orilla del río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Pero yo solo veía tanta belleza que no podía pararme a sentir. Y contradicción sólo sentía la belleza.


La roca de la “Estrella de la muerte”, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y eso que no habíamos llegado al Raudal de Atures, pero eso te lo contaré en el próximo capitulo.

El siguiente capítulo Orinoco 11, Raudal de Atures.

Orinoco 9, Alto del Tigre e Isla Santa Elena


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 8, la isla  Santa Elena.

Esa mañana me sentía mal, tal vez un exceso de repelente para mosquitos, pero casi seguramente todavía estaba intentando asimilar las lecciones del río. Así que después de levantarme tarde me dediqué a hacerle mantenimiento a la cámara y me duché largamente. Me sentí mejor.

Después de desayunar abordamos la canoa y continuación de un corto paseo por el río desembarcamos en lo que nuestros guías llaman entre risas el Alto del Tigre.


Alto del tigre, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Resulta que dos de nuestros guías estaban entrenando para el triatlón, si, nuestros guías son ironman y subían al alto para entrenar. En un momento.

— ¿De que animal es este excremento? — preguntó curioso y jadeante por el esfuerzo de la subida.

— ¡Pues es de tigre! — dijo el otro.

Pues el primero no duró ni un minuto en volver a bajar la cima al huir despavorido. Desde ese momento se llamó el “Alto del Tigre”.

Es de aclarar que en la región le llaman “tigre” o “tigre mariposo” al jaguar, no tienen nada que ver, pero ese es el problema de los nombres comunes. El segundo nombre se debe a que las manchas del pelaje del jaguar son simétricas y con algo de imaginación parecen mariposas.

A nosotros también la subida nos costó mucho trabajo pues hacía mucho calor. A mitad de camino nos tocó refugiarnos a la sombra de unos matorrales que formaban un pequeño bosquecillo al lado de una roca. Pero cuando llegamos a la cima.


Paisaje del río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

La que se ve al frente es una pequeña parte de la Isla Santa Elena.

— ¿No es mi belleza profunda? — decía con voz de viento el río Orinoco.

Mientras descansaba, otra vez, me ponía a hacer fotografías.


Pequeña, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

De regreso a la Isla Santa Elena pescamos un pez llamado palometa el que preparamos frito y sabía delicioso, me gustó más que la piraña. Y mientras, teníamos una compañía que también se ocultaba del sol.


Guala cabecirroja, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Una guala cabeciroja, o buitre americano de cabeza roja. Si bien se ven muy parecidos a los buitres del viejo mundo, no tienen nada que ver, son aves que no están emparentadas, pero que tienen la misma función en el ecosistema, esto es, evolución convergente.

— También en eso está mi misterio — decía el río con su voz de arena.

Después de terminar de almorzar tuve tiempo de “pajarear” un poco cerca del campamento. Estaba en eso cuando oí una hermosa melodía.


Arrendajo culiamarillo, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un arrendajo estaba dando un concierto de canto. ¡y muy cerca de mi carpa! Justo en el lugar donde me cepillaba los dientes. Lo cual es importante para más adelante, así que recuérdalo. Pero de esa historia te contaré un los próximos capítulos.

Siguiente capítulo Orinoco 10, caño Dagua, Casuarito y hacia el raudal.

Orinoco 8, la isla Santa Elena


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 7, piedras de Botero.

En el capítulo anterior conté y te mostré las piedras de Botero, su belleza y como abrumado por ello abordé la barca pensativo. Pero ahora te voy a hablar de la Isla Santa Elena, esta es una de las pocas islas en el Orinoco que es colombiana gracias al padre de nuestros guías que la defendió utilizando entre otros el argumento de que las aguas mayores están del lado de Venezuela y las menores de Colombia.

Pues fue del lado de las aguas mayores que desembarcamos para comenzar una caminata por la isla. Y una de las primeras cosas que casi no vi fue.


Escondido a plena vista, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Si, es una lagartija con un camuflado que envidiarían las fuerzas especiales.

— No me pueden ver, no me pueden atacar — parecía decir la lagartija muy confiadamente.

¡Y eso que casi la pisamos!

La isla de Santa Elena es un ecosistema distinto, si bien basado en el de llanura del Orinoco es más denso que los bosques de galería como se puede ver en cosas como este nudo vegetal.


Nudo vegetal, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

La isla se formó por acumulación de material en las formaciones rocosas del río, pero eso no quiere decir que sea pequeña, la caminata nos tomó unos 40 minutos ¡a lo ancho de la isla! Después comprenderíamos que sólo habíamos conocido una pequeña parte de ella.

Llegamos pues del lado de las aguas menores de la isla y cerca del puerto acampamos. Y esta vez fue la voz del Orinoco la que oí en mis sueños.

— Ya estuviste inmerso en uno de mis misterios  pero te falta aún por comprender — decía con voz profunda.

Pero ahora quiero dormir así que esos misterios quedarán para la próxima.

El siguiente capítulo Orinoco 9, Alto del Tigre e Isla Santa Elena
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Orinoco 7, piedras de Botero


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 6, hacia el Orinoco.

En el anterior capítulo dejamos el río Bita y entramos en el río Orinoco, pero ello no me había preparado para lo que vería después. Llegamos al sector que llaman la Piedras de Botero.


Piedras de botero 1, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Son un conjunto de piedras talladas por el río de tal forma que recuerdan a las pinturas de famoso pintor colombiano Fernando Botero, son como “gorditas”. Lo cierto es que es una de las manifestaciones del escudo guayanes. Son antiquísimas formaciones moldeadas por el río.

— Es mi forma de obrar, con fuerza y paciencia, pero no con violencia, así doy forma — me decía el Orinoco con su voz de agua, arena y viento.

Estas formaciones recuerdan un poco a Caño Cristales,  y no es casualidad por que también ese río es parte del escudo guayanés.


Piedras de botero y canoa, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Después de llegar en la canoa (no la de la fotografía por cierto), caminamos por un pasillo de arena flanqueado por éstas grandiosas piedras.


Piedras de botero 2, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Subimos a las piedras que nos revelaron un paisaje único.


Piedras de botero 3, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y a solo unos pocos metros una vista distinta e impresionante.


Piedras de botero 4, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Entiendes lo que significan esta formaciones? — decía el Orinoco con su voz profunda de agua.

Y en sólo otros dos metros y un ligero cambio de ángulo.


Piedras de botero 5, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Entiendes? — seguía insistiendo el río con su voz de arena.

Un poquito más adelante.


Piedras de botero 6, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Qué debo entender? — repetía yo en voz baja.

Otro poquito más adelante.


Piedras de botero 7, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¿Cuál es el misterio que habita en el río y que se manifiesta en estas piedras?


Piedras de botero 8, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Si uno se asoma a los huecos dejados por el río.


Pequeña planta escondida, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Una pequeña planta escondiéndose del abrazador calor.

Subiendo unos grados la cámara.


Piedras de botero 9, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un poco más allá.


Piedras de botero 10, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y más.


Piedras de botero 11, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Mi belleza, en que radica? — decía profundo el Orinoco con su voz de viento.

— ¿En que radica? En sus curvas, en la fluidez del paisaje — pensaba yo — ¡eso es lo que hay que fotografiar!


Piedras de botero 12, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Pero no eramos los únicos sobre esta paisaje.


Golondrinas perezosas 1, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Parecían estar descansando.

— Amigas descansemos de este absurdo calor en estas hermosas piedras.

— Si tienes razón, ya estamos cansadas de volar detrás de los insectos, descansemos — decían perezosas las golondrinas.

Pero el río no descansa, sigue dándome paisajes, casi obligándome a que le haga fotografías.


Piedras de botero 13, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— No te puedes perder ni una parte de mi si quieres sumergirte en mi misterio — decía el río Orinoco.


Piedras de botero 14, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y mientras tanto una pareja descansaba y charlaba bajo el sol.


Dos piguas charlando, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Son esos monos extraños de los que nos avisó el río Bita — decía una de las dos piguas

— No les prestes atención, no son peligrosos, más bien descansemos del calor mientras pensamos como conseguir alimento para nuestros bebés — afirmaba la otra pigua.

Mientras tanto el río mostraba más.


Rocas en agua, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Cuál es mi esencia? — me decía el río.

Y yo no pude sino quedarme pensando sobre ello montado en la canoa con la cámara en la mano y exhausto por el esfuerzo de entender. ¿Entendería más adelante en la isla Santa Elena esos enigmas?

Pues eso te lo contaré en el siguiente capítulo.

Siguiente capítulo Orinoco 8, la isla Santa Elena.
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Orinoco 6, hacia el Orinoco


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 5,  más río Bita.

Desde la noche anterior empezamos a recoger campamento y por lo mismo nos levantamos temprano para finalmente dejar el sitio como lo encontramos, totalmente limpio y sin rastro de nuestra presencia, como debe ser. Toda la mañana desmontando y revisando una y otra vez el terreno para no dejar nada, pues no volveríamos. Y en el fondo de mi mente todavía buscaba las respuestas a la voz del Bita.

Yo sin entenderlo todavía subí con tristeza mi morral a la canoa. También yo subí y preparé mi equipo de fotografía, ya sabía que el río ofrecía muchas oportunidades para hacer fotografías. Y el río Orinoco con su grandiosidad me recibió.

— Ya conociste a uno de mis hijos, ahora conóceme de verdad y entiende mi misterio — decía con su voz  de agua, arena y viento.

Y sin decepcionarme me empezó a presentar muchas oportunidades de sumergirme en su misterio y hacer fotos.


Garza real a la orilla del río Orinoco, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Otra garza real, un metro de altura de elegancia y paciencia.

— Son esos monos extraños de los que he oído hablar en el río — Se explicaba, pero sin darnos mayor importancia.

Se ven muchas garzas y otros animales a la orilla del río lo cual alegra mucho el corazón. Pero no sólo animales sino también paisajes se presentan como partes del misterio.


Rocas y río 4, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Muchas rocas, marcadas por los distintos niveles del río, acompañadas de suave arena y al fondo selva verde. Son rocas milenarias pues pertenecen al Escudo Guayanés, una de las formaciones más antiguas de la tierra y que va desde las guayanas, abarcando la mayor parte de Venezuela y se sumerge debajo de los Andes en Colombia. Es la base que sustenta el río Orinoco, es su estructura, su esqueleto, y el río es su sistema circulatorio. La belleza de éstas formaciones nace de su antigüedad y de la paciente erosión del río que cual artista también tiene sus expresiones abstractas.


Rocas y río 5, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y algunas veces estos cuadros-esculturas no solo son estáticos sino que están adornados, cual remate, por la vida.


Caracara en la roca, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y casi inmediatamente tuve que cambiar el lente a la cámara, pues las aves se empeñaban en ser más llamativas que el paisaje.


Picotijera en vuelo 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un picotijera o rayador americano estaba haciendo gala de su destreza al volar.


Picotijera en vuelo 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Soy muy bello al volar, admira mis alas, los giros y mi destreza.

Pero no era para nosotros para quién hacía semejante demostración.


Dos picotijeras en vuelo de apareamiento , del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Estaba coqueteando con otro picotijera, el juego previo a hacer el amor.

Pero no eran los únicos que estaban haciendo gala de sus pericias voladoras.


Gaviotín picudo volando, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Necesito encontrar algo de comer — decía nerviosamente el gaviotín picudo mientras volaba sobre el río.

Y toda esta belleza no me habían preparado para lo que vendría después. Pero eso te lo contaré en el próximo capitulo.

El siguiente capítulo Orinoco 7, piedras de Botero.
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Orinoco 2, de mañana en Puerto Carreño


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 1, Puerto Carreño.

Como es regla en una expedición de este tipo nos madrugamos, o eso era para nosotros que todavía teníamos el horario de la gran ciudad. Y sin embargo, la pequeña ciudad nos recuerda que todavía es parte de la naturaleza, parte del río y nos saluda mediante sus inquietas criaturas.

Un caracara nos dice volando y enfrentándose a la obras del hombre que ésta es una frontera, un límite entre lo artificial y lo natural. El caracara, un ave de la familia de los halcones, estaba parado en un techo de la ciudad.


Caracara vanidoso 1, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Cuando advirtió nuestra presencia y con una dignidad que sólo pueden tener la aves de presa y los felinos voló elegantemente.


Caracara vanidoso 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Hasta, cara a cara, toparse con una de la obras de lo “artificial”. Pero, con toda dignidad, se recuperó de su impresión inicial, usó la ventana como espejo y admiró su belleza y “charlando” con sigo mismo.

— Que bonito soy — decía insistentemente mientras se miraba aparatosa, pero dignamente en la ventana.

Lo decía con llamados que los biólogos y los observadores de aves interpretarían “erróneamente” como de un desafío ante otro miembro desconocido de su especie. A veces nos falta imaginación a los humanos.


Caracara vanidoso 3, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Pero la naturaleza no podía dejar sólo ese saludo, también nos tenía preparado unas escena de amor y violencia.

Esta hermosa damisela estaba tranquilamente posada en un cable de energía eléctrica.


Amor y violencia en un cable 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Cuando un galán se le acercó e intentando comenzar un baile para impresionarla.

— Con este baile va a caer rendida bajo mis alas — decía el macho muy confiadamente como creemos todos los machos.

Pero casi inmediatamente, ni había llegado a dar los dos primeros pasos, cuando apareció otro macho.


Amor y violencia en un cable 3, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¡Yo la estaba cortejando! — dijo enfáticamente el primero.

— ¡No, yo la voy a cortejar! — dijo más violentamente el segundo — y las dos hablaban de “cortejo” pues el lenguaje de las aves es muy correcto, aún en situaciones de estas.

Y como solo puede ser en estos casos se desató la violencia, pero en su sabiduría los machos comenzaron un enfrentamiento ritual, una danza coordinada de gran vistosidad.


Amor y violencia en un cable 4, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Finalmente la hembra fue la juez de esta impresionante danza guerrera en la que ninguno salió herido. No se quién gano, pues francamente los dos machos son iguales, pero lo importante aquí es lo que estas aves “sin cerebro” nos enseñaron.

Y la mañana apenas comenzaba.


Temprano en Puerto Carreño, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

El río Orinoco adornaba con sus reflejos las canoas en el puerto.


Canoas al amanecer, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Las canoas esperan pacientemente a ser abordadas, formando un tapiz de formas alargadas y colores, esperando a que su pasajeros las aborden para iniciar la aventura.


Canoas en Puerto Carreño, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y salimos al río Orinoco para ir hacía el río Bita que nos esperaba tranquilamente. Pero eso, es para el próximo capitulo.

Mira el siguiente capítulo Orinoco 2, de mañana en Puerto Carreño.

Orinoco 1, Puerto Carreño



Atardecer en el Orinoco, del ‘album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

El majestuoso Orinoco, uno los ríos más importantes de sudamerica y tal vez el río más enigmático. Si bien hay muchos interrogantes que lo definen, mas que respuestas, buscaba  participar de ese misterio, vivirlo, tratar ser parte de él, y de la misma forma, intentar que mis fotografías dieren cuenta de esa vivencia.

La mejor forma de llegar es por avión, pues las carreteras son casi inexistentes. Los veteranos  pilotos de 4×4 usan esa travesía para probarse de que están hechos, y aún así pueden durar semanas en llegar. Por ello la única alternativa es viajar en Satena, que es el brazo comercial de la Fuerza Aérea Colombiana. Son un monopolio de facto en todas estas pequeñas poblaciones, pues nadie más cubre estas rutas. Y como es un monopolio ellos tienen su propia versión de servicio al cliente. Te cuento, nuestro plan era acampar todas los días en el río Bita y en el Orinoco, no nos interesaba el hotel pues eso nos amarraba a la ciudad, Puerto Carreño, y no nos permitía tener una experiencia directa de la naturaleza. Por ello no teníamos hotel definido y menos reservas y Satena decidió arbitrariamente que nuestro equipaje, incluido todo el equipo de acampada, viajaba en el siguiente vuelo ¡y sólo hay un vuelo diario! No teníamos donde pasar la noche por que nuestras carpas, ropa y equipo llegaban al día siguiente.

Pero el vuelo fue una delicia. Los aviones pequeños tienen una ventaja de la que carecen los jets, vuelan bajo y esto para una persona como yo amante de la naturaleza es una orgía paisajística. Como salimos de Bogotá bajamos de los andes y entramos a la gran extensión llamada “Los Llanos”. Plano, absolutamente plano durante kilómetros y kilómetros, los cual es muy raro para mi, pues vivo entre montañas a 2600 metros de altura. Los únicos accidentes geográficos son los ríos. Estos parecen serpientes con muchas vueltas y revueltas sobre el terreno. Los ríos son muy anchos, pues se alimentan de toda el agua que cae sobre la cordillera de los Andes y finalmente van a desembocar en el Orinoco, alimentándolo de agua y nutrientes. Por ello los bosques de esta región se forman a la vera de los ríos, estos bosques se llaman de galería. Pero todo, no sólo los bosques, están lleno de vida, de animales y plantas.

Y llegamos a Puerto Carreño, y como era de esperarse el equipaje no llegó.  Así la primera noche nos quedamos en el Hotel Orinoco, en una habitación muy cómoda con ventilador a un buen precio. Por la tarde y la noche nos dedicamos a recorrer la ciudad. Esta se parece mucho a cualquier población de lo que en Colombia se llama “tierra caliente”, lo distinto es su puerto en el río Orinoco, está guardado por una deidad:


La Virgen de Puerto Carreño mirando hacía río Orinoco, del ‘album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¿Está este símbolo occidental de lo femenino intentando desentrañar los misterios del Orinoco? O mejor, es la representación del misterio del Orinoco desde lo femenino y la representación de su fuerza, pues el agua fluye hasta dar forma pacientemente a todo a su paso, como la mujer. Lo cierto es que es un punto donde comienzan y terminan los viajes, un sitio donde están los vehículos para ese viaje.


Puerto Carreño, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

El atardecer nos tomó en el puerto y es cuando los colores de las canoas y botes se intensificaron dando al Orinoco otra personalidad, si se quiere más suave, pues el atardecer nos recuerda más la vuelta al refugio y no tanto al viaje y sus aventuras. A pesar de ello, esa noche dormiríamos suavemente en nuestra habitación de hotel con ventilador, ansiosos de empezar a recorrer el río.


Atardecer en Puerto Carreño, del ‘album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Como es regla en una expedición de este tipo nos madrugamos, o eso era para nosotros que todavía teníamos el horario de la gran ciudad. Y sin embargo la pequeña ciudad nos recuerda que todavía es parte de la naturaleza, parte del río y nos saluda mediante sus inquietas criaturas.

Pero esto es para el próximo capítulo.

No te pierdas el siguiente capítulo, Orinoco 2, de mañana en Puerto Carreño.

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