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Orinoco 14, Reserva de Bojonawi, toninas, fin de la expedición


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 13, amanecer en Isla Santa Elena, ¡Nutrias! y la serenata del sinsonte.

El último día. Ya cansados, pero tristes, por que nos iríamos, recogimos el campamento. Cuando terminamos abordamos la lancha y le dijimos adiós a la Isla Santa Elena.

Bajamos por el Orinoco, hacia el norte, para ir a la Reserva Natural Bojonawi, que quiere decir “perro de agua”, o sea nutria gigante del amazonas. Esta es una reserva administrada por la Fundación Omacha, que entre otras muchas cosas buenas estudia los defines rosados. La reserva tiene como su núcleo una laguna, está es uno de esos brazos abandonados del río en temporadas secas. Pero en este caso particular, en invierno el río se desborda y la laguna es vuelta a reclamar por el Orinoco. En esos tiempos los defines rosados se refugian en la laguna. También hay tortugas, babillas y muchas aves. Pero lo que más me sorprendería sería.


Mono aullador dorado, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Se resolvía el misterio de los aullidos que se oían por la noche. La voz del Bita. No fue fácil hacer la fotografía. Comencé hiendo detrás de unas pavas muy esquivas a las que finalmente no pude hacer ni una foto. Cuando los vi. Una tropa de aulladores dorados en las ramas más altas del bosque de la reserva. Aseguré una foto, caminé muy tenuemente unos pasos e hice otra foto, otros pasos que intentaban ser silenciosos y otra foto, repetí otra vez y otra; hasta que logré la que te muestro.

Emocionante.

Salí muy contento de la reserva y en ese estado abordamos la lancha para seguir bajando por el Orinoco hasta la desembocadura del río Meta. La razón, intentar avistar toninas, defines rosados, otra vez. Fue algo anticlimático, después de esa emoción de ver a los monos aulladores necesitábamos tener paciencia infinita, sentados en la lancha para esperar su salida a la superficie. Aquí eran más que en Delagua sin embargo la mayor parte del tiempo era agua lo que veíamos, de vez en cuando una inmersión de menos de un segundo. Yo ya me estaba durmiendo por el cansancio de los días en el Orinoco y por la espera, cuando de pronto.


Un delfín curioso en el río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un delfín curioso me dejó hacerle una fotografía.

— Los famosos monos extraños que el Bita y el Orinoco nos dijeron — pensaba el delfín mientras nos miraba con sus pequeños ojos — muy curiosos, pero tengo que seguir con mis tareas — mientras se sumergía.

Dejamos exultantes la desembocadura del Meta, pero la tristeza empezó a anidar en nuestros corazones, ya era hora de volver a casa y dejar el Orinoco.

— Finalmente, ¿que aprendiste? — decía el Orinoco con su voz profunda de agua, arena y viento.

— ¿Que aprendí?

Pues ciertamente no resolví los misterios, pero esa no era la intensión, era vivirlos, sentirlos y espero estos relatos y las fotografías hayan hecho que tu también los sintieras.

— Finalmente, ¿que aprendiste?

Y como premio por mi respuesta el Orinoco me regaló un último atardecer.


Atardecer en el Orinoco, del ‘album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Orinoco 13, amanecer en Isla Santa Elena, ¡Nutrias! y la serenata del sinsonte


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 12, atardecer en Isla Santa Elena.

Nos despertamos antes del amanecer y sin los guías nos fuimos a ver el amanecer al otro extremo de la isla y como esperábamos el Orinoco no nos defraudó.


Otro amanecer en el río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Acaso pensaban ustedes que yo, el Orinoco, podía fallar? — decía el río con su voz de arena.

Sobra decir que tomé muchas fotografías y la que te muestro es una de las buenas. El hecho de hacer fotografías hace que uno mire mucho más atentamente, mucho más intensamente. Para hacer una fotografía medio decente hay que hacerse uno con lo que se está fotografiando, hacer parte integral de él.

Después fuimos a pescar nuestro desayuno. Yo estaba en la lancha como mi monopíe y mi cámara lista por si acaso. Cuando de pronto.


¡Nutrias!, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¡Nutrias! — grité yo al ver la primera cabeza.

Y después fueron dos y al segundo tres. Era toda una familia de nutrias gigantes del Amazonas que estaban pescando. En la región lo llaman perro de agua, y si, producen unos sonidos que recuerdan lejanamente al ladrido de un perro.

¿Nutrias gigantes del Amazonas en el Orinoco? Otros animales del Amazonas que también están en el Orinoco.

— Ya te dije, ese es uno de mis misterios. El Amazonas y yo estamos unidos como hermanos siameses — decía con su voz de agua profunda el Orinoco.

No pudimos seguir pescando pues competíamos con las nutrias y a ellas no hay forma de ganarles en ese menester. Así que nos fuimos a desayunar con lo que habíamos pescado.

Después de terminar de desayunar estaba yo cepillándome los dientes cuando de pronto comencé a oír al arrendajo de ayer, pero sonaba algo diferente, así que volteé a mirar y me encontré con.


Un sinsonte cuando me cepillaba los dientes, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¡Un sinsonte! Estaba imitando el canto del arrendajo, yo dejé de cepillarme y tomé la cámara. Me dejó hacerle muchas fotografías muy de cerca y al tiempo empezó a cambiar imitando los cantos de otras aves de la zona. Y es que el nombre científico del sinsonte es mimus gilvuls, algo así como el el mimo, el que imita. Después bajó a tierra y se puso a picotear algo casi a mis pies, yo lo seguí con la cámara y al final fui yo el que se aburrió. Pero no dejo de agradecerle esa serenata con tan variado repertorio que me dejó oír.

En ese momento no sabía que conocería dos nuevos animales y no serían aves, si no mamíferos. Pero eso fue al día siguiente, así que te lo contaré en el próximo capítulo.

El siguiente capítulo ORINOCO 14, RESERVA DE BOJONAWI, TONINAS, FIN DE LA EXPEDICIÓN.

Orinoco 9, Alto del Tigre e Isla Santa Elena


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 8, la isla  Santa Elena.

Esa mañana me sentía mal, tal vez un exceso de repelente para mosquitos, pero casi seguramente todavía estaba intentando asimilar las lecciones del río. Así que después de levantarme tarde me dediqué a hacerle mantenimiento a la cámara y me duché largamente. Me sentí mejor.

Después de desayunar abordamos la canoa y continuación de un corto paseo por el río desembarcamos en lo que nuestros guías llaman entre risas el Alto del Tigre.


Alto del tigre, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Resulta que dos de nuestros guías estaban entrenando para el triatlón, si, nuestros guías son ironman y subían al alto para entrenar. En un momento.

— ¿De que animal es este excremento? — preguntó curioso y jadeante por el esfuerzo de la subida.

— ¡Pues es de tigre! — dijo el otro.

Pues el primero no duró ni un minuto en volver a bajar la cima al huir despavorido. Desde ese momento se llamó el “Alto del Tigre”.

Es de aclarar que en la región le llaman “tigre” o “tigre mariposo” al jaguar, no tienen nada que ver, pero ese es el problema de los nombres comunes. El segundo nombre se debe a que las manchas del pelaje del jaguar son simétricas y con algo de imaginación parecen mariposas.

A nosotros también la subida nos costó mucho trabajo pues hacía mucho calor. A mitad de camino nos tocó refugiarnos a la sombra de unos matorrales que formaban un pequeño bosquecillo al lado de una roca. Pero cuando llegamos a la cima.


Paisaje del río Orinoco, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

La que se ve al frente es una pequeña parte de la Isla Santa Elena.

— ¿No es mi belleza profunda? — decía con voz de viento el río Orinoco.

Mientras descansaba, otra vez, me ponía a hacer fotografías.


Pequeña, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

De regreso a la Isla Santa Elena pescamos un pez llamado palometa el que preparamos frito y sabía delicioso, me gustó más que la piraña. Y mientras, teníamos una compañía que también se ocultaba del sol.


Guala cabecirroja, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Una guala cabeciroja, o buitre americano de cabeza roja. Si bien se ven muy parecidos a los buitres del viejo mundo, no tienen nada que ver, son aves que no están emparentadas, pero que tienen la misma función en el ecosistema, esto es, evolución convergente.

— También en eso está mi misterio — decía el río con su voz de arena.

Después de terminar de almorzar tuve tiempo de “pajarear” un poco cerca del campamento. Estaba en eso cuando oí una hermosa melodía.


Arrendajo culiamarillo, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un arrendajo estaba dando un concierto de canto. ¡y muy cerca de mi carpa! Justo en el lugar donde me cepillaba los dientes. Lo cual es importante para más adelante, así que recuérdalo. Pero de esa historia te contaré un los próximos capítulos.

Siguiente capítulo Orinoco 10, caño Dagua, Casuarito y hacia el raudal.

Orinoco 7, piedras de Botero


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 6, hacia el Orinoco.

En el anterior capítulo dejamos el río Bita y entramos en el río Orinoco, pero ello no me había preparado para lo que vería después. Llegamos al sector que llaman la Piedras de Botero.


Piedras de botero 1, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Son un conjunto de piedras talladas por el río de tal forma que recuerdan a las pinturas de famoso pintor colombiano Fernando Botero, son como “gorditas”. Lo cierto es que es una de las manifestaciones del escudo guayanes. Son antiquísimas formaciones moldeadas por el río.

— Es mi forma de obrar, con fuerza y paciencia, pero no con violencia, así doy forma — me decía el Orinoco con su voz de agua, arena y viento.

Estas formaciones recuerdan un poco a Caño Cristales,  y no es casualidad por que también ese río es parte del escudo guayanés.


Piedras de botero y canoa, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Después de llegar en la canoa (no la de la fotografía por cierto), caminamos por un pasillo de arena flanqueado por éstas grandiosas piedras.


Piedras de botero 2, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Subimos a las piedras que nos revelaron un paisaje único.


Piedras de botero 3, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y a solo unos pocos metros una vista distinta e impresionante.


Piedras de botero 4, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Entiendes lo que significan esta formaciones? — decía el Orinoco con su voz profunda de agua.

Y en sólo otros dos metros y un ligero cambio de ángulo.


Piedras de botero 5, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Entiendes? — seguía insistiendo el río con su voz de arena.

Un poquito más adelante.


Piedras de botero 6, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Qué debo entender? — repetía yo en voz baja.

Otro poquito más adelante.


Piedras de botero 7, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¿Cuál es el misterio que habita en el río y que se manifiesta en estas piedras?


Piedras de botero 8, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Si uno se asoma a los huecos dejados por el río.


Pequeña planta escondida, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Una pequeña planta escondiéndose del abrazador calor.

Subiendo unos grados la cámara.


Piedras de botero 9, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un poco más allá.


Piedras de botero 10, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y más.


Piedras de botero 11, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Mi belleza, en que radica? — decía profundo el Orinoco con su voz de viento.

— ¿En que radica? En sus curvas, en la fluidez del paisaje — pensaba yo — ¡eso es lo que hay que fotografiar!


Piedras de botero 12, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Pero no eramos los únicos sobre esta paisaje.


Golondrinas perezosas 1, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Parecían estar descansando.

— Amigas descansemos de este absurdo calor en estas hermosas piedras.

— Si tienes razón, ya estamos cansadas de volar detrás de los insectos, descansemos — decían perezosas las golondrinas.

Pero el río no descansa, sigue dándome paisajes, casi obligándome a que le haga fotografías.


Piedras de botero 13, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— No te puedes perder ni una parte de mi si quieres sumergirte en mi misterio — decía el río Orinoco.


Piedras de botero 14, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y mientras tanto una pareja descansaba y charlaba bajo el sol.


Dos piguas charlando, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Son esos monos extraños de los que nos avisó el río Bita — decía una de las dos piguas

— No les prestes atención, no son peligrosos, más bien descansemos del calor mientras pensamos como conseguir alimento para nuestros bebés — afirmaba la otra pigua.

Mientras tanto el río mostraba más.


Rocas en agua, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— ¿Cuál es mi esencia? — me decía el río.

Y yo no pude sino quedarme pensando sobre ello montado en la canoa con la cámara en la mano y exhausto por el esfuerzo de entender. ¿Entendería más adelante en la isla Santa Elena esos enigmas?

Pues eso te lo contaré en el siguiente capítulo.

Siguiente capítulo Orinoco 8, la isla Santa Elena.
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Orinoco 6, hacia el Orinoco


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 5,  más río Bita.

Desde la noche anterior empezamos a recoger campamento y por lo mismo nos levantamos temprano para finalmente dejar el sitio como lo encontramos, totalmente limpio y sin rastro de nuestra presencia, como debe ser. Toda la mañana desmontando y revisando una y otra vez el terreno para no dejar nada, pues no volveríamos. Y en el fondo de mi mente todavía buscaba las respuestas a la voz del Bita.

Yo sin entenderlo todavía subí con tristeza mi morral a la canoa. También yo subí y preparé mi equipo de fotografía, ya sabía que el río ofrecía muchas oportunidades para hacer fotografías. Y el río Orinoco con su grandiosidad me recibió.

— Ya conociste a uno de mis hijos, ahora conóceme de verdad y entiende mi misterio — decía con su voz  de agua, arena y viento.

Y sin decepcionarme me empezó a presentar muchas oportunidades de sumergirme en su misterio y hacer fotos.


Garza real a la orilla del río Orinoco, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Otra garza real, un metro de altura de elegancia y paciencia.

— Son esos monos extraños de los que he oído hablar en el río — Se explicaba, pero sin darnos mayor importancia.

Se ven muchas garzas y otros animales a la orilla del río lo cual alegra mucho el corazón. Pero no sólo animales sino también paisajes se presentan como partes del misterio.


Rocas y río 4, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Muchas rocas, marcadas por los distintos niveles del río, acompañadas de suave arena y al fondo selva verde. Son rocas milenarias pues pertenecen al Escudo Guayanés, una de las formaciones más antiguas de la tierra y que va desde las guayanas, abarcando la mayor parte de Venezuela y se sumerge debajo de los Andes en Colombia. Es la base que sustenta el río Orinoco, es su estructura, su esqueleto, y el río es su sistema circulatorio. La belleza de éstas formaciones nace de su antigüedad y de la paciente erosión del río que cual artista también tiene sus expresiones abstractas.


Rocas y río 5, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y algunas veces estos cuadros-esculturas no solo son estáticos sino que están adornados, cual remate, por la vida.


Caracara en la roca, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y casi inmediatamente tuve que cambiar el lente a la cámara, pues las aves se empeñaban en ser más llamativas que el paisaje.


Picotijera en vuelo 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Un picotijera o rayador americano estaba haciendo gala de su destreza al volar.


Picotijera en vuelo 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Soy muy bello al volar, admira mis alas, los giros y mi destreza.

Pero no era para nosotros para quién hacía semejante demostración.


Dos picotijeras en vuelo de apareamiento , del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Estaba coqueteando con otro picotijera, el juego previo a hacer el amor.

Pero no eran los únicos que estaban haciendo gala de sus pericias voladoras.


Gaviotín picudo volando, del álbum Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Necesito encontrar algo de comer — decía nerviosamente el gaviotín picudo mientras volaba sobre el río.

Y toda esta belleza no me habían preparado para lo que vendría después. Pero eso te lo contaré en el próximo capitulo.

El siguiente capítulo Orinoco 7, piedras de Botero.
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Orinoco 5, más río Bita


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 4, río Bita.

Este día si nos levantamos temprano. Cuando se duerme en carpa es imposible desconectarse de los ritmos de la naturaleza. El bosque despertó temprano y los ruidos de la noche cambiaron por los del día bastante sonoramente, y tarde o temprano las carpas comenzarían a calentarse, así que salimos a la naturaleza. Para ver lo siguiente.


Amanecer en el río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Luego abordamos esa canoa del amanecer y fuimos a pescar

En el camino, tanto de ida como de venida, se presentaron unos gansos del Orinoco.


Pato carretero, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Lamento decir que estas hermosas aves están en estado “casi amenazada”. Y tal vez el estado deba ser mayor que eso puesto que en una foto-expedición reciente al río Guaviare no vi ni uno y los lugareños me contaron que hace muchas décadas no se ve ninguno en el río Guaviare ni a sus alrededores. Lo que hay que hacer es respetar su habitad, no tenemos por que ensuciarlo, o desordenarlo, pues es su casa, no la  nuestra.

— Mejor alimentémonos para reproducirnos, pues somos muy pocos — decía preocupadamente la gansa.

— Si amor, encontrarte a ti fue muy difícil — contesta amorosamente el ganso.


Pato carretero fuera de marco, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Ese día también pescamos nuestro almuerzo y por ello no pude dejar de notar la belleza de los peses del río Bita, la mayoría tienen una camuflaje de rayas verticales que imita la sombra de ramas.  No son simplemente funcionales, sino que hacían que los peces tuvieran una calidad estética única. Y hablando de peces bonitos, pescamos una piraña, no tiene ese camuflaje del que hablo, pero si  tiene una mancha rojiza detrás de las agallas, además de sus afilados dientes. Y el sabor, puedo decir que la piraña es muy rica, fue uno de nuestros manjares al almuerzo.

Y mientras estábamos en nuestro festín de pescados asados, me acerqué a la playa con cámara en mano, cuando vi a un caracara, estaba tomando agua de los charcos que había dejado el río Bita en la orilla de la playa. Me acerqué paso a paso, hasta que de pronto.

— ¡No te acerques más! — dijo el caracara con un llamado característico y muy enfático mientras me miraba fijamente.


Elegante Caracara en las playas del río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Yo retrocedí unos pasos.

— ¡Muy bien! — dijo ya calmadamente y siguió tomando agua.

Al rato bajó la pareja y los dos siguieron recorriendo la playa buscando comida para sus bebés. Pues esa era su isla, yo sólo era un visitante que no debería molestar.

Después de almuerzo, y muy cerca del comedor del campamento, en la orilla del río Bita un personaje con un peinado especial se presentó.


Matín pescador en el río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Estaba como era de esperarse pescando, se lanzó rápidamente y atrapó un pez.

— ¡Qué bien, comida para mis bebés! — pues la mayor parte del tiempo los animales están criando a sus hijos.

Y como siempre no pude captar la rapidez de la captura, claro que esta vez no tenía esperanza de hacerlo pues estaba en la misma orilla que él y ésta era muy alta. No es la primera vez que fotografío martines pescadores, en la entrada La expedición de las aves, tengo uno de la misma especie, pero esta vez en el Chocó, al otro extremo del país. Al parecer se pueden encontrar en todo el país donde haya agua, lo cuál en Colombia es decir en TODO el país.

Y finalmente vi a los dos caracaras haciendo el amor en un árbol, pero por respeto a su intimidad no les hice foto. Mentiras, no pude hacer que ninguna quedara bien. Pero esto me confirmó que la isla era de ellos.

Pues esas fueron suficientes emociones en esa jornada y había que empezar a organizar campamento pues al día siguiente desmontaríamos campamento pues dejaríamos el exuberante río Bita.

Y en la noche, entre sueños.

— ¿Qué aprendiste, que sentiste, cómo soy, cuál es mi secreto? — decía con su voz profunda de mono aullador el río Bita.

El siguiente capítulo Orinoco 6, hacia el Orinoco
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Orinoco 4, el río Bita


Por si te perdiste el anterior capítulo de Foto expedición Orinoco puedes leerlo en Orinoco 3, de Paso por el Orinoco.

Si en el capítulo anterior contaba la naturaleza grandiosa el río Orinoco, cuando entramos al río Bita este comenzó a darme lecciones menos grandiosas pero más íntimas.

— Oye mi voz más queda y virgen, más dirigida a tu interior — decía el río Bita.

Así fue que no me perdí las bellezas rosadas.


Espatulas rozadas en el río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¿Pero entendí? ¿Es la fotografía un indicio de ese entendimiento? No se, pero lo viví.

Y en la orillas del río Bita más vida, más aves, muchas garzas.

— ¡Una garza real! — dije con mucho entusiasmo — hice la foto, hice muchas y una de esas.


Garza real a orilla del río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y llegamos al lugar del campamento. Una isla en el río Bita, dos terceras partes de bosque, una tercera de arena enfrentando el río. Desayunamos con pavón frito (un pescado) y deliciosa arepa venezolana. Ahí más aves, playeros, chorlitejos y más caracaras, esta vez una pareja.


Dos caracaras conversan mientras se alimentan, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Estaban paseando en la playa y parecían estar conversando mientras buscaban alimento para sus bebés.

— ¿Te perece bien este hueso para que los niños tengan calcio y desarrollen un pico fuerte? — decía uno de ellos, el más grande, la hembra.

— Claro, mi amor, todo lo que sea bueno para nuestros hijos — decía el macho — mientras tomaba el hueso para llevarlo al nido.

Y así recorrieron la playa buscando cosas para alimentar a la familia, un comportamiento basado en el amor con miles de años de antigüedad. Y dicen que los mamíferos son los únicos capaces de expresar amor por sus crías, esto también era amor paternal.

Mientras en uno de los matorrales de la orilla de la isla un cormorán desplegaba su alas al sol.


Pato aguja secando sus alas, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Lo llaman pato aguja, pero no tiene nada que ver con los patos, ni siquiera nada, sólo bucea y para poder hacerlo no tiene impermeabilizadas sus plumas, como si las tienen muchas aves acuáticas, como los patos, por lo que cuando ha pescado le toca llegar dificultosamente a un lugar donde esté iluminando el sol para secar sus alas. No es para nada un pato, prefiero su otro nombre, pájaro serpiente. Y me encanta verlos así porque parece que estuvieran adorando al sol.

Pero obviamente no era el único en el bosque de la isla, había cientos de aves y quien sabe que más en ese espacio pequeño. Y una simpática y pequeña presencia descansaba en una rama.


Golondrina en la mañana, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Una golondrina que parecía posar en la mañana.

— Soy linda y tierna, tómame una foto — parecía decir la golondrina.

— Pero yo soy más linda y majestuosa — decía un garzón azul acaparando ahora mi atención.


Garzón azul, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Más o menos un metro veinte de elegancia azul y gris estaba en la orilla al frente en el río, mirando.

Y así, en ese pequeño segmento de río más y más vida. Pero no sólo la riqueza se presentaba en la fauna, sino también en su paisaje.


Playa en el río Bita 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y sólo girando unos grados hacia la derecha:


Playa en el río Bita 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

¡Y ahí acampamos, en ese paisaje!

Y las aves caminaban plácidamente por sus arenas, otra vez exigiendo mi atención.

— Yo sólo camino y soy linda ¿no te perece? — parecía decir el pellar playero.


Pellar playero, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y mientras esperábamos el almuerzo, hablábamos de la gran cantidad de aves y uno de los compañeros dijo.

— ¿Cómo la que tienes en el árbol, detrás de ti? — me decía divertido.


Caracara, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Era uno de los dos abnegados padres caracara que estaban recogiendo huesos en la mañana para sus pequeños, la isla era su hogar, despensa y coto de caza. Estaba muy seguramente vigilándonos.

— ¿Serán depredadores estos monos extraños? ¿Dejarán comida tirada como otros los monos?, mis bebés necesitan comida — pensaba muy interesado el caracara.

Menos mal ninguna de las dos preguntas del caracara resultó ser cierta, sólo la observación de que eramos monos extraños.

Al pararme y hacer la foto del caracara quedé en modo fotografo y por lo mismo mirando hacia la playa pude poder ver otra ave, una corocora negra o coquito.


Corocora negra 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Que al acercarme emprendió el vuelo.

— Se está acercando demasiado, mejor me voy — dijo con prevención, pero no con angustia.


Corocora negra 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y aprovechó y me dio a mi, un ex-aprendiz de parapentista, una lección de vuelo, la cuál no sería la única que me darían los ríos.

— La facilidad, la fluidez, la naturalidad ¿lo notas? — decía el río Bita con paciencia.


Corocora negra 3, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— Dejo que el aire corra por mis alas y con unos pocos aleteos me remonto al cielo — parecía decirme la corocora.


Corocora negra 4, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Al rato salimos por el río, en la canoa, y fuimos a dos lagunas, realmente brazos abandonados del río Bita.


Laguna del río Bita 1, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

No es raro encontrar este tipo de lagunas cerca de los ríos de llanura, tienen forma de media luna, nacen cuando el río cambia de curso y abandona esos antiguos trayectos. Mientras pensaba en ello unos aterradores ojos me veían desde la superficie de la laguna.


Babilla, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y luego más, pero cuando me acercaba para hacerles fotografías se ocultaban rápidamente y al parecer lo aterrador realmente estaba en otra parte.

— Mejor escondernos no nos vayan a convertir en una cartera de cuero y de todos modos no sabemos bien — decían un poco aterradas las babillas.

Por eso sólo pude ver sus ojos y algo de sus cuerpos flotando debajo del agua, camuflándose entre los troncos sumergidos. Pero la belleza del paisaje de estas lagunas nos asaltaba continuamente.


Laguna del río Bita 2, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y, como siempre, con solo rotar unos grados.


Laguna del río Bita 3, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

Y más fauna, muchos martín pescador, más garzones azules, corocoras negras, garzas azules, garzas ralladas, garzas blancas y más.

De vuelta armé la carpa y pensé que tenía que tener cuidado por que la arena sobre la que estaba era muy suelta y las estacas muy pequeñas, no alcancé a adecuar unas largas como las que usábamos cuando acampábamos de niño con mi familia en las playas vírgenes de Venezuela.

Y cayó la tarde dejando ver otro de sus espectáculos.


Atardecer con canoa en el río Bita, del album Orinoco, originalmente cargada por Luis Alejandro Bernal Romero, Aztlek.

— No puedo ser más hermoso — decía plácido el río Bita.

Después de cerrar la boca ante el espectáculo el guía dijo.

— Tomen sus linternas pues no vamos a pescar.

— ¿A pescar, de noche y sin cañas? — pensaba yo.

Abordamos entonces la canoa.

— Todavía no prendan las linternas — decía el guía entre susurros.

Navegamos un rato más en el río, cuando.

— ¡Préndalas ahora! — dijo enfáticamente.

Comenzaron a llover peces desde el agua, pasaban saltando por encima de la canoa, algunos caían dentro de ella y otros nos pegaban fuertemente en los hombros, espalda y rostro. Fue la pesca más fácil, pero más apaleada que he hecho en mi vida.

De vuelta nos comimos esos peces a la parrilla con muchas ganas a pesar de nuestros múltiples moretones y riéndonos de la experiencia.

Nos fuimos a dormir exhaustos y yo entre sueños recordaba todo lo que había pasado y una voz me decía.

— ¿Entiendes, entiendes? — decía el río Bita, con su voz cavernosa y aireada de mono aullador.

El siguiente capítulo Orinoco 5, más río Bita.

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